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marcasdeportivasFRENTElomoEl libro Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas ya está en las librerías, y tengo que decir que las primeras repercusiones han sido excelentes.  La edición en papel se consigue en Librerías Santa Fe, Hernández, Galerna, Distal, Boutique del libro, Eterna Cadencia, Libros del Pasaje y otras. En pocos días más también en Yenny/El Ateneo.

Hay varias alternativas para quienes quieran conseguirlo en papel fuera de la Argentina.  Por ejemplo, diversas librerías online que hacen envíos al exterior, como en este link y en este otro.  Otra opción para conseguirlo es contactarse con los editores Blatt & Ríos en su página de Facebook.

Desde luego, ya está disponible la versión digital en Amazon, Bajalibros.com, Google Play, iBooks y otras tiendas digitales.  Como verán, ¡está en todos los formatos para todo el mundo!

Les dejo entonces a modo de adelanto la introducción que abre el libro y presenta en cierta manera a algunos de los personajes que resultaron decisivos en la historia de las marcas deportivas.  Ojalá les guste.

 

Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas

 

Introducción

En la mañana del 1 de mayo de 1945, un hombre de unos 50 años llega a pie a la casa de su familia en el pueblecito bávaro de Herzogenaurach.  Está exhausto y  tiene una historia terrible para contar, aunque difícilmente logre conmover a alguien más que a sus familiares más cercanos.  Después de todo, en los tiempos que corren el horror más profundo ya es parte de la vida cotidiana de todos los alemanes.

Hace apenas un día que Adolf Hitler acaba de ponerle fin a su materializada pesadilla de muerte, odio y destrucción.  Agobiado por el irrefrenable avance de las fuerzas aliadas por el frente occidental y de los soviéticos por el oriental se suicida en su bunker de Berlín.  Su heredero formal, el no menos siniestro Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Reich hasta ese día, toma la misma determinación apenas  unas horas más tarde.  Quizás –quién sabe- justo en el mismo momento en que nuestro hombre golpea la puerta de su casa.

Nadie sabía qué había sido de él desde el último 5 de abril cuando fue arrestado por la temible Gestapo, la policía secreta del régimen.  Se lo acusaba de desertor, una falta gravísima.  Luego de su arresto -les cuenta el hombre a sus familiares- estuvo detenido durante dos semanas cerca de Núremberg junto a otros veinticinco prisioneros.  El hombre no lo sabía, pero, en el ínterin, fuerzas del ejército estadounidense habían ocupado ya Herzogenaurach.  Luego, en medio del desbande y la confusión reinantes en las fuerzas alemanas, alguien ordenó que los prisioneros fueran trasladados al campo de concentración de Dachau, no muy lejos de Múnich.  Los prisioneros deberían hacer el trayecto de más de 150 kilómetros a pie y encadenados de dos en dos.  Su destino final era fácil de imaginar.

Sin embargo, nunca llegaron allí.  Nuestro hombre cuenta que, en el trayecto, un oficial de las Waffen SS le ordenó a quien conducía al grupo de prisioneros, un tal Ludwig Müller, que fusilara inmediatamente a los acusados.  El conductor se dispuso a acatar la orden, pero al rato se toparon con una providencial patrulla del ejército americano y todos los prisioneros fueron liberados unos kilómetros más al sur, cerca de la ciudad de Pappenheim.  Desde allí el hombre había caminado más de 100 kilómetros hasta llegar a su pueblo natal, aquella mañana del 1 de mayo.

Ahora que –cree el muy ingenuo- ha pasado lo peor, el hombre viene dispuesto a arreglar cuentas con su hermano.  En las últimas dos décadas, juntos han dirigido la fábrica de los mejores zapatos deportivos de Europa y –quizás- del mundo entero, pero hace ya varios años que no se soportan.  Nuestro hombre culpa a su hermano por absolutamente todas las desdichas de su vida.  Sin dudas, las angustiosas e interminables horas en la cárcel han llevado su propensión a la paranoia a límites intolerables.  Está totalmente convencido de que su perverso hermano y la bruja de su cuñada se pasaron los últimos años buscando aprovechar las contingencias de la guerra para dejarlo afuera del negocio familiar.  Ciego de furia, prefiere mil veces que el diablo se lleve la fábrica al mismísimo infierno antes que perderla a manos de ellos.

En la mañana del 1 de mayo de 1945, nuestro hombre todavía no sabe que, en apenas un par de años, la brutal enemistad con su hermano derivará en una separación perfectamente salomónica.  Cada uno de ellos se quedará con una fábrica y creará su propia marca de calzado deportivo, aunque nuestro hombre ni siquiera se imagina que durante las siguientes tres décadas estas marcas reinarán en todo el mundo prácticamente sin oposición.  Tampoco puede saber este hombre que, pese a su éxito, su torturado carácter difícilmente encuentre algo de paz hasta el día de su muerte.  Nuestro hombre se llama Rudolf.  Rudolf Dassler.  De chico, lo apodaban el Puma.

 

***

 

Algunos días más tarde, el 15 de agosto de 1945, otro de nuestros hombres escucha incrédulo el comunicado oficial que difunde la radio: el Japón, su país, el mismo por el que había jurado solemnemente combatir hasta la muerte, acaba de reconocer oficialmente la derrota.

¿Cómo puede ser?  Nuestro segundo hombre cree alucinar.  Al momento de la rendición él es un suboficial instructor del Ejército del Imperio Japonés.  Por distintas circunstancias no le ha tocado nunca pelear en el frente, pero sabe –o intuye- que todos sus camaradas de estudios de la Academia Militar, así como también la enorme mayoría de los jóvenes a quienes debió instruir en los últimos años han muerto en combate.

Nuestro segundo hombre mira a su alrededor y sólo puede contemplar el terrible espectáculo de un país y un pueblo arrasados.  En unos pocos minutos los primeros dos ataques nucleares de la historia han reducido buena parte de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki a escombros.  En su interior nuestro soldado se siente igualmente devastado.  Deambula de aquí para allá y no tiene la menor idea de cómo pudo pasar lo que pasó.  Poco le importan, en caso de que esté al tanto de ellas, las atrocidades cometidas por su propio país y por sus aliados en el transcurso de la guerra.  En todo caso, él es un simple militar japonés, orgulloso de su patria como el que más, y una derrota de su emperador le resultaba simplemente inimaginable.  Ahora ni siquiera sabe si debe seguir vistiendo su uniforme.  No por miedo a la inminente ocupación del país, sino por una cuestión de honor.

Este, nuestro segundo hombre, tiene ahora 27 años.  No tiene ni la menor idea de qué hará con su vida, dónde vivirá, de qué trabajará, con quién se casará.  Desesperado y agobiado, trata sin embargo de recomponerse.  Se pasa varios días reflexionando, hasta que toma una decisión y se hace a sí mismo un juramento.  Ya que él ha tenido la fortuna de sobrevivir a la derrota militar, la nueva misión de su vida será llevar adelante un proyecto que lo haga sentirse orgulloso de sí mismo.  Que ayude a la reconstrucción de un país arruinado física y moralmente.  Que contribuya a formar a las futuras generaciones de japoneses.  Y, lo más importante, que pueda tranquilizar su conciencia sabiendo que la muerte de sus amigos y compañeros de armas no ha sido en vano.

Nuestro segundo hombre ha nacido con el nombre de Kihachiro Sakaguchi.  Todavía ni sabe que muy pronto se convertirá en un fabricante de calzado deportivo.  Tampoco puede saber que sus zapatillas serán las más populares del Japón, ni mucho menos puede imaginar que, dentro de unos cuantos años, un americano rubio e inexpresivo se presentará en sus oficinas y le ofrecerá llevar sus productos a los Estados Unidos.  Desde luego que ni puede sospechar que este mismo americano terminará –según lo entenderá él más tarde- traicionándolo.  El rubio creará su propia marca de zapatillas y le entablará un juicio millonario en los tribunales de ambos países.

Lo cierto es que, el 15 de agosto de 1945, nuestro segundo hombre apenas sospecha que muy pronto ni siquiera conservará su nombre.  Sakaguchi, el apellido de su progenitor, será reemplazado por el de su familia adoptiva, los Onitsuka.  Y el mundo sabrá acerca de la corporación fundada por Kihachiro Onitsuka y de sus zapatos deportivos.  Estos llevarán el nombre del animal salvaje más poderoso y más admirado por los japoneses: el tigre.

 

***

 

Un par de meses más tarde, en octubre de 1945, un tercer hombre vuelve a los Estados Unidos después de algunos meses de campaña militar.  Ha combatido en las montañas del norte de Italia contra los soldados alemanes en retirada, y lo ha hecho bien.  Este hombre se ha desempeñado con el grado de mayor en el Primer Batallón del 86° Regimiento de Infantería de Montaña, y por sus acciones ha sido condecorado con cuatro Estrellas de Bronce, una Medalla a la Buena Conducta y una Estrella de Plata.  Pese a los honores, nuestro tercer hombre suele decir, más bien despreocupado y con la acidez que lo caracteriza, que, a la luz de los acuerdos firmados en la Conferencia de Yalta, a él le ha tocado ir a la guerra para hacer del mundo un lugar más seguro para… el comunismo.

Nuestro tercer hombre es un tipo chapado a la antigua.  Se considera a sí mismo un “Hombre de Oregon”, y esas solas palabras deberían bastar para definirlo.  Sus antepasados fueron de los primeros colonos de este rincón de las montañas Rocosas, con sus agrestes y bellas costas, sus añosos bosques y el verde valle del río Willamette, la zona de sus principales ciudades.  Podríamos imaginarnos a nuestro hombre como a un John Wayne trasladado al frío y lluvioso clima de Oregon.  O como al duro Walt Kowalski de la película Gran Torino, interpretado por Clint Eastwood.  Aunque nuestro hombre, a diferencia del Kowalski de ficción, está ahora en la plenitud de sus fuerzas.

Nuestro tercer hombre es una persona de razonamientos sencillos y convicciones inalterables.   Orgulloso de su país, pero mucho más de su región.  Republicano clásico, es muy probable que se refiera al gobierno federal como “los burócratas de Washington”.  Como buen oregoniano, detesta a California y todo lo que ella implica: el sol, las playas, la frivolidad, el descontrol.  Es religioso y suele citar de memoria pasajes de la Biblia, aunque casi nunca va a la iglesia.  Es capaz de contar los chistes más obscenos, pero se sonroja si una mujer lo escucha decir palabrotas.

Pero el tipo no es ningún bruto, a no confundirse.  Ha cursado estudios en la Universidad de Oregon y también ha dado clases de biología en colegios secundarios, aunque el trabajo que más le gusta y mejor le sale es el de entrenador.  Por el momento, de fútbol americano en esos mismos colegios, pero muy pronto volverá a “su” Universidad de Oregon.  Esta vez, con el cargo de entrenador de su emblemático equipo de atletismo, el orgullo del estado.

Allí se dedicará simplemente a formar a los mejores corredores del país, sin más vueltas.  Será duro, exigente, hasta despótico y brutal, pero sus dirigidos no sólo lo respetarán y admirarán, sino que lo verán casi como un segundo padre.  Sus equipos serán varias veces campeones nacionales, y él hasta llegará a entrenar al equipo olímpico de pista de su país.  Sin embargo, nunca dejará de orinar en la ducha a sus corredores novatos como parte de su rito de iniciación, y el modernísimo concepto de igualdad de géneros le resultará, cuando menos, curioso.  Siempre pragmático, él preferirá recurrir a su escopeta de perdigones cada vez que crea conveniente alejar a las chicas que se atrevan a merodear a sus atletas en los entrenamientos.

Nuestro tercer hombre todavía no lo sabe, pero pronto se obsesionará con el calzado de sus corredores, un instrumento muy poco desarrollado pero esencial para el rendimiento en la pista.  Cuando lo que haya disponible en el mercado no lo satisfaga, entonces intentará diseñar y fabricar sus propias zapatillas.  De a poco irá aprendiendo, aunque los resultados obtenidos nunca lo conformarán del todo.  Hasta que un día recibirá la visita de un viejo discípulo, el mismo muchacho rubio e inexpresivo al que mencionamos más arriba.  El rubio le mostrará los prototipos de una nueva marca de zapatos deportivos japoneses, y le ofrecerá trabajar juntos para importarlos y venderlos.  Nuestro tercer hombre no está en condiciones de sospechar siquiera que, andando el tiempo, la empresita que fundarán con el rubio dejará de importar zapatillas japonesas y sacará una marca nueva al mercado que se convertirá en una gigantesca corporación multinacional.  Ni en sus sueños más afiebrados podría aventurar él que esa nueva marca llevará el nombre de la Victoria Alada de Samotracia.  En griego, Níke tes Samothrákes.

 

***

 

Algunos meses después, el 13 de julio de 1946, el cuarto hombre que nos ocupa en esta introducción, no casualmente el hermano menor y socio del primero, siente que un escalofrío recorre su cuerpo.  El Comité de Desnazificación de Herzogenaurach, controlado por las fuerzas americanas estacionadas en el pueblo, le acaba de comunicar oficialmente que lo ha declarado un “Belastete”, es decir, un miembro activo del régimen nacionalsocialista, alguien que militó o contribuyó activamente a las actividades del partido o de otras organizaciones paraestatales nazis.  También, alguien que hasta podría haberse beneficiado económicamente de estas actividades.

La acusación es gravísima.  Además de la obligación de pagar una abultada multa, significa que el hombre podría perder el control de su fábrica de zapatos deportivos (la mejor de Alemania y de toda Europa, quizás del mundo…), la misma fábrica por la que está enfrentado desde hace años con su hermano Rudolf.  Nuestro hombre no entiende cómo el Comité pudo haber llegado a la conclusión de que él era alguien importante dentro del régimen.  ¿Sería que había sido denunciado, calumniado por gente del pueblo?  ¿Tendría él enemigos capaces de algo así?  ¿Habría sido su propio hermano?

Después de todo, ¿qué había hecho él, una persona a lo que sólo le interesaban los deportes y el calzado deportivo, para merecer esta acusación?  Sí, claro, se había afiliado al Partido Nacional Socialista en 1933, pero ¿acaso no lo habían hecho también sus hermanos mayores y todo su círculo de amigos?  ¿No lo habían hecho otros miles, más, millones de alemanes comunes y corrientes?  Es cierto, también se había asociado al Cuerpo Motorizado Nacional Socialista y, desde 1935, había sido entrenador de fútbol de la Juventudes Hitlerianas.  Pero aquello, ¿qué probaba?  Lo primero lo había hecho porque le gustaban las motos, todo el mundo lo sabía.  Lo segundo, porque -otra vez- él era más que un apasionado, era un enfermo de los deportes.  Corría, saltaba, esquiaba, jugaba al fútbol, lanzaba la jabalina.  Y era el fabricante de los mejores zapatos para la práctica de todas estas disciplinas, y para otras más también.

Y quién si no él se ocupaba de diseñar y mejorar todos los modelos; quién otro más que él empezó prácticamente de la nada cosiendo zapatos con desechos de la Primera Guerra, usando muchas veces una máquina de coser accionada por los pedales de una bicicleta cuando la energía eléctrica se cortaba; quién si no él había completado el curso de maestro zapatero no en dos años, como era lo usual, sino en apenas uno, para volcar todo lo aprendido allí al desarrollo de nuevos productos para su fábrica; quién si no él -y únicamente él- había recorrido los clubes y federaciones deportivas de toda Alemania y hasta de algunos países vecinos para dar a conocer sus incomparables zapatos de cuero.  ¿Quién, su hermano?  A ese sólo le gustaba hacerse el empresario, discutir de negocios y darse la gran vida.

Y ahora resultaba que él era un nazi, uno de los peores.  ¿Acaso no habían trabajado en su fábrica prisioneros de guerra rusos provistos por el régimen?  Claro, pero tampoco eran esclavos, se les había pagado el mismo sueldo que a los demás obreros.   Pero cómo, ¿no era que sólo le interesaba fabricar calzado deportivo?  ¿Por qué entonces de las líneas de montaje de su planta habían salido componentes para el ensamblado de bazucas y otras armas de guerra?  Bueno, no había sido elección de él, aquello fue una imposición de las autoridades cuando el régimen movilizó al país a la “Guerra Total”.  Ajá, muy bonito, siempre una respuesta para todo, pero ¿podía él negar acaso que había asistido a la boda de su amigo Josef Waitzer, el entrenador del equipo alemán de pista, vistiendo el uniforme del partido?  Desde luego, si hasta había fotos del acontecimiento,  pero ¿no era obligatorio acaso usar ese uniforme en una ocasión semejante?  ¿Lo era?  ¿Por qué entonces el novio aparece en esas mismas fotos con el brazalete con la esvástica?  Por supuesto, qué duda cabía, después del Führer, ahí pegadito, venía él…

Pero no se iba a quedar cruzado de brazos.  Nuestro cuarto hombre tenía amigos, gente notable de la ciudad que podía atestiguar por él.  Valentin Fröhlich, por ejemplo, el viejo alcalde de Herzogenaurach, repuesto ahora en su cargo por los americanos.  Él sí que podría asegurar que siempre se había mantenido al margen de toda actividad política, que había tenido empleados y proveedores judíos, que en su vida había discriminado a nadie.  También podría recurrir a Hans Wormser, el alcalde del vecino pueblo de Weisendorf, que para mejor era medio judío.  Su amigo Hans podría confirmar que él mismo le avisó que agentes de la Gestapo lo buscaban para detenerlo, y que además lo escondió por un tiempo en su fábrica.  Otros de sus empleados también podrían respaldarlo: alguno había caído en desgracia ante algún funcionario del régimen y, pese a ello, no había sido despedido, otro era un conocido militante antifascista, hasta había uno comunista.  Y él nunca los denunció…

Mientras suma papeles, documentos y testimonios a su defensa, nuestro cuarto hombre confía en que su reputación se mantendrá intacta, que no será despojado de sus bienes.  Pero al que más teme, pese a todo, es a su hermano.  Él sabe que Rudolf es hasta capaz de testificar en su contra ante el Comité, sabe que no va a parar hasta dejarlo afuera del negocio familiar.  Sin embargo, lo que no sabe todavía es que dentro de pocos meses su hermano y él separarán meticulosamente los bienes de su empresa y empezarán a trabajar cada uno por su lado.  Tampoco sabe que muy pronto su negocio prosperará mucho más rápidamente que el de su hermano.  Ni siquiera está en condiciones de imaginar que el día en que el seleccionado de Alemania gane el mundial de fútbol de 1954 su vida y su empresa cambiarán para siempre.  Y ni en sus más afiebrados sueños puede alucinar con que, con los años, su empresa dejará de producir únicamente zapatos y se transformará en una gran corporación internacional.  El nombre de este hombre es Adolf.  Adolf Dassler.  Puesto en la obligación de elegir un nombre para su nueva marca, optará por contraer el suyo y le pondrá addas.  Así, todo en minúsculas.  Aunque puede que ésa no sea la denominación definitiva…