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En la entrega anterior sobre la historia de Signia contábamos que el colapso del gigante textil y del calzado Gatic S.A. -creador de esta marca deportiva junto al multimedios Torneo y Competencias- se dio al mismo tiempo que la gran crisis política, económica y social de fines de 2001 y principios de 2002 en la Argentina.  Mientras el país trataba de superar el trauma de aquellos durísimos eventos, Gatic hacía lo propio para levantar la convocatoria de acreedores, salvar los numerosos activos con que aún contaba y evitar así su desintegración.

A nivel comercial, el peligro más concreto que amenzaba a Gatic era la pérdida de la licencia de Adidas, la famosa marca que había traído a la Argentina en 1970 y con la cual prácticamente desarrolló por sí sola la totalidad del mercado deportivo argentino.  Decíamos también que la casa matriz de Adidas se había instalado en el país a mediados de los 90 y que competía en la práctica con la empresa que poseía su propia licencia.  Estaba claro que a Adidas no deseaba compartir más su negocio y su marca con nadie, por más impecable que fuese su trayectoria.  Después de todo, hacía ya varios años que Adidas no le pertenecía a la familia Dassler, a quien Gatic le había comprado la licencia, sino que se había transformado en una gran corporación pública que cotizaba en el índice DAX de Fráncfort.

La caída de Gatic en convocatoria de acreedores era la excusa perfecta que tenía Adidas para desembarazarse de su licenciataria.  De acuerdo al contrato firmado entre ambas, la convocatoria era motivo suficiente como para dar por finalizada la relación.  En una situación como la que sufría la empresa argentina en aquel momento, la pérdida de su marca más importante podía convertirse en el golpe final.

Sin embargo, la pesificación asimétrica y la megadevaluación que siguieron al final de la Ley de Convertibilidad no sólo produjeron una de las más brutales transferencias de recursos, deudas y activos de la historia argentina -lo cual ya es mucho decir-, sino que también puso patas para arriba el escenario económico en apenas unas semanas.  Pese a su desesperante situación, Gatic podía permitirse un intento más para seguir con vida, ya que la competencia de productos importados desapareció como por arte de magia del mercado y su enorme deuda de 400 millones de dólares se convirtió en una bastante más manejable de 400 millones de devaluadísimos pesos.

Así fue que Eduardo Bakchellian, el fundador de Gatic, decidió retomar el control de su empresa en septiembre de 2002 e intentar la resurrección de su gran proyecto.  Bakchellian volvió al ruedo con una doble estrategia.  Por un lado, ya que la crisis argentina había reducido los salarios a niveles camboyanos, Gatic podía perfectamente transformarse en una simple productora y proveedora tercerizada de otras marcas, entre ellas la propia Adidas y también Nike, su gran competidora.  Desde luego que, para un grupo tan integrado verticalmente como Gatic, aquello implicaba la pérdida de una porción sustancial de su negocio, pero de aquella manera al menos podía evitar el cierre definitivo de las fábricas que todavía poseía.  Por otro lado, aún le quedaba una marca propia de cierto nivel como para mantenerse presente en la distribución y el comercio mayorista y minorista: Signia, por supuesto.

Para ese entonces, el convenio entre Gatic y TyC había concluido, por lo cual Bakchellian creyó conveniente buscar un nuevo socio que lo ayudara a relanzar Signia a lo grande, con una gran fiesta en el complejo Costa Salguero, con miles de invitados de la industria, el deporte y la prensa, con una gran campaña promocional y suficiente presupuesto como para poder firmar contratos de patrocinio con varios clubes de fútbol de la Primera División.  Pero, ¿quién podía ser ese socio? ¿Qué persona contaba a la vez con el carisma, la exposición pública, las influencias, el dinero y el suficiente prestigio como para respaldar el relanzamiento de Signia?  Pues este socio no era otro que Marcelo Hugo.  Tinelli, para más datos.

Marcelo Tinelli salió a jugarse fuerte por la marca.  Organizó y corrió un maratón en Bolívar, su ciudad natal, y la denominó “Maratón Bolívar Signia”.  Vistió con la marca a su equipo de volley y el club también pasó a llamarse Bolívar Signia.  Además, Tinelli había entablado buenas relaciones con el nuevo gobierno del presidente Kirchner, y se comprometió a facilitarle a Gatic una vía rápida de comunicación con las nuevas autoridades para buscar algún apoyo político en la dura batalla judicial que le aguardaba a Gatic.  La empresa todavía debía levantar la convocatoria y reprogramar su millonaria deuda privada y pública, mientras que sus activos y plantas remanentes eran miradas con codicia por muchos otros actores.

En este segundo período de Signia en el mercado sus productos quizás no fueron tan llamativos ni polémicos como los del primero, pero la presencia de la marca sí fue mucho más consistente.  Signia mantuvo en su nómina a San Lorenzo, incorporó a Huracán, su clásico rival, a Arsenal de Sarandí y a la C.A.I., la Comisión de Actividades Infantiles, el pintoresco equipo del sur del país que llegó al Nacional B.  Los nuevos diseños de Signia -aquellos con los cuadraditos celestes y blancos junto al logo- sin ser deslumbrantes al menos denotaban cierta madurez, cierta seguridad.  No dependían tanto del golpe de efecto, sino que las prendas hablaban por sí solas.  Eran más discretas, con algo de clásico y algo de moderno, y su aspecto general impresionaba bien.  Todas llevaron el mismo template, con las casacas titulares en sus colores tradicionales y las alternativas con algunas variantes.  San Lorenzo mantuvo el blanco más previsible, pero la suplente de Huracán mostró una audaz combinación de gris y rojo que, a nuestro gusto, funcionó muy bien.  Bastante más polémicos fueron, en todo caso, los colores de la camiseta alterna de Arsenal: gris y violeta.  En cuanto a la calidad de las prendas, nada que objetar.  Gatic seguía demostrando que, al menos según los estándares del mercado local, podía competirles mano a mano a las grandes marcas internacionales.

Al año siguiente, Signia logró otro interesante golpe de efecto: se transformó en la proveedora de la pelota oficial de la Asociación del Fútbol Argentino. A partir del primer torneo corto de 2003 y hasta fines de 2004, los partidos de Primera se jugaron con un balón grisáceo con la gran “T” azul de Signia.  Los buenos oficios del Grupo Clarín, cuando todavía era socio de la AFA y mantenía excelentes relaciones -y negocios- con el Gobierno, también le permitieron a Gatic publicitar su marca en los medios del grupo.  A falta de dinero fresco, los avisos se pagaron con un porcentaje de la facturación de Signia.  Después de todo, la contratapa de la revista dominical de Clarín había sido de Gatic y sus marcas por más de 20 años.

Sin embargo, a pesar de estas buenas noticias, el fin de Gatic ya estaba próximo.  En octubre de 2003, justo un año después de reasumir la conducción de su empresa, los propios familiares y accionistas de Gatic obligaron a Eduardo Bakchellian a dar nuevamente un paso al costado.  Sucedía simplemente que la situación judicial de la firma había derivado en un gran conflicto político y la familia ya no soportaba las enormes presiones generadas a su alrededor.

Lo que estaba en juego en la convocatoria de Gatic no era poco: ya no quedaban fábricas en las provincias más alejadas, pero sí estaban la planta original en la localidad de San Martín y otras grandes fábricas en ciudades bonaerenses como Coronel Suárez, Las Flores, Pigüé y Pilar.  En cada una de ellas se habían suscitado distintos conflictos políticos y sindicales.  Los gremios asociados a la Confederación General del Trabajo, las cooperativas apoyadas por el Movimiento Nacional de Fábricas Recuperadas, los intendentes de cada una de esas ciudades y otros empresarios nacionales y extranjeros se disputaban el botín.  El Ministerio de la Producción de la Provincia no parecía defender la continuidad y la integridad de Gatic, sino que parecía inclinarse por su desmembramiento para satisfacer a cada una de las partes en pugna.

Obstruido y distorsionado por toda esta madeja de presiones e intereses, marchas y contramarchas, resulta casi imposible reconstruir los pormenores del proceso judicial de Gatic.  En septiembre de 2004, finalmente, el juez de la causa dictó la quiebra definitiva de la empresa, lo cual no hizo más que acelerar e intensificar las peleas por la liquidación de sus bienes.  Como tantas otras veces, las presiones políticas no tenían el menor respeto por el cumplimiento estricto de la ley.  En cada una de las plantas se sucedían las ocupaciones, los campamentos y los desalojos.  Las amenazas, las intimidaciones y la violencia estaban a lo orden del día.  Si aquellos hechos no cobraron mayor trascendencia a nivel nacional, fue seguramente porque sucedieron en pueblos más bien alejados de la Capital.

La quiebra de Gatic dejó, entre otras cosas, un gran tendal de millonarias deudas incobrables con trabajadores, proveedores y -cómo no- con diversos organismos estatales (la AFIP, la ANSES, los bancos Nación y Provincia); a Eduardo Bakchellian, la persona que fundó la empresa con un tallercito en San Martín y la desarrolló hasta transformarla en un gigante industrial extendido por todo el país, prácticamente en la calle y con lo puesto; y a unos cuantos grupos de interesados, felices con sus nuevas fábricas conseguidas a una ínfima parte de su valor real.

Así, la planta de San Martín quedó en manos de un grupo de ex empleados con apoyo de una ONG internacional.  La fábrica de Pigüé también se transformó en una cooperativa, en la que incluso se emplearon varios internos del penal de Saavedra, una localidad vecina.  Pero las “joyas de la corona” eran otras: la textil de Las Flores y la imponente fábrica de calzados de Coronel Suárez, que fue por muchos años la más grande y la más tecnológicamente avanzada de Sudamérica.

Quien finalmente se quedó con estas dos fábricas, y también con la pequeña planta de Pilar, fue el empresario argentino Guillermo Gotelli, un ex ejecutivo del mayor competidor histórico de Gatic: la Fábrica Argentina de Alpargatas.  Pera ésa ya es otra historia…

(La semana que viene, la cuarta y última parte de la historia de Signia)